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viernes, 31 de julio de 2009

EL PADRE CASTAÑEDA (O EL BUEN DIALOGO CON LOS GOBERNANTES CORRUPTOS)

El Padre Castañeda no era obispo ni lo invitaron a Norteamérica. En esa época no se hacían grandes colectas ni se hacían pobres discursos. Cuando un cura necesitaba plata para su iglesia, lo llamaba al primer rico que pasaba y le decía: “Déme cien pesos” o “Déme doscientos pesos” y el rico, le daba la plata y el cura le decía: “Que Dios se lo pague” y nadie sabía quién era el rico que la había dado esos pesos al cura. Además, en esa época, los curas no dejaban nunca su parroquia ni viajaban en un avión ni iban a las casas de los masones para decirles: “¡Que bien le queda su renguera!” o “Me siento muy honrado de que Jesucristo haya sido judío, porque los judíos son masones”.
Si al Padre Castañeda lo hubieran invitado a Norteamérica, hubiera contestado: “Váyanse a la p…. madre que los parió” y además les hubiera dicho otras cosas que no se deben decir delante de los niños. A él no le interesaba la propaganda. Lo único que le interesaba era pelearlos a los liberales y hacerlos entender que no podían llevárselo todo tan de arriba. Porque los liberales de entonces creían que todos los hombres querían ser liberales. Y también en eso los liberales estaban equivocados. Los hombres de entonces eran unos hombres muy decentes que no soportaban a los enemigos de Cristo.
Además, los curas de entonces no tenían miedo de quedar mal con los políticos. Cuando un político se metía con ellos o hacía una ley medio sinvergüenza, el obispo lo llamaba al cura más gritón y le decía: “Usted tiene que contestar a este animal” y el cura le decía: “Está muy bien Señor Obispo” y el domingo siguiente se subía al púlpito y empezaba, por ejemplo: “El señor Rivadavia ha hecho una estupidez. Ustedes tienen la obligación de desobedecer a los gobernantes que se llegan a nosotros con ideas extranjeras. Hay que terminar con esa clase de gente. Cuando ustedes quieran hacer una revolución, pueden contar conmigo, porque los curas están para eso: para pelear a los malos y defender a los buenos. Los curas no están para hacer componendas ni para dejarse invitar a comidas por los enemigos de la patria: están para salvar a las almas, aunque para salvarlas sea necesario agarrarse a tiros, por más obispos que sean: porque los curas y los obispos no son empleados del gobierno sino sirvientes de Dios y pastores de las almas que Dios pone bajo su cuidado, y los pastores no tienen que andar mucho entre lobos, si es que no quieren parecer entregadores. El señor Rivadavia es un lobo que se ha metido entre nosotros. Ustedes saben lo que hay que hacer con los lobos y yo sé como tengo que ayudarlos. No tienen más que decirme: ahora. Pero, les advierto que si ustedes tardan mucho en decírmelo, iré yo solo a sacarlo a patadas de la Casa de Gobierno”.



Así pensaba y así predicaba el cura Castañeda. Por eso ningún gobierno lo quiso hacer obispo y ningún masón lo invitó a su casa. Porque era un cura que tenía todo lo que hay que tener.






ANZOÁTEGUI, Ignacio B.: Pequeña Historia Argentina para uso de los niños. Asunción, Regnum, 200, pp. 59-61.

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