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viernes, 5 de febrero de 2010

NO HAY CONFUNDIR APOSTASÍA SOCIAL CON PROGRESO, DICE EL PAPA PÍO XII

En el Evangelio Nuestro Señor nos revela una realidad que recitamos cada Domingo en el Credo: que Cristo ha de venir un día como Juez glorioso de todo el cosmos, de la historia, de las naciones y de los hombres. Es el juicio universal. Esto es verdad y ha de cumplirse. Ese día se asemeja al diluvio universal, de los cuales los hombres «no se dieron cuenta, hasta que sobrevino». Si nuestro entendimiento, bajo el influjo de los dones del Espíritu Santo, se hace puro y penetrante para descubrir en la fe este misterio, compartiremos también algo del inefable dolor del Corazón de Cristo ante el mundo actual, que a medida que avanza hacia el día del juicio, más se aparta de su Justo Juez..

El Papa Pío XII en su primera Encíclica, Sumi Pontificatus, —Encíclica impresionante— del 20 de octubre de 1939, llamaba la atención de que el mundo, «en su incredulidad ciega y orgullosa excluye a Jesucristo de la vida moderna, especialmente de la vida pública; y con Cristo sacude también la idea de Dios. Muchos al alejarse de Cristo, proclamaban la separación como una liberación de la servidumbre, y hablaban de progreso cuando en verdad retrocedían». Y concluía que una dimensión de la apostasía actual es, en efecto, el que viene a confundirse la apostasía social con el progreso de la libertad humana y el «acceso de la Cristiandad a su edad madura», es decir, que el mundo progresaría en que ya sociológica y culturalmente no se reconoce cristiano. Sin embargo, este triunfo actual de un orden no cristiano, aunque nos dificulta la comprensión de los misterios de la Providencia divina, nos debe conducir a una alegría maravillosa y profunda del plan de Dios. Santo Tomás dice que el entendimiento descansa en la verdad, y muy especialmente el cristiano atribulado por este tiempo de incredulidad y confusión, debe descansar enteramente en el irrevocable designio de Dios sobre el rumbo de los acontecimientos. Este triunfo, como hemos dicho, ya lo tenemos anticipadamente en la celebración de la Sagrada Liturgia. En efecto, contemplar a Cristo como Juez Universal es contemplar a Cristo como Señor de la historia.

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