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sábado, 29 de marzo de 2014

HÁGASE TU VOLUNTAD




Sumo, Misericordioso y 

Glorioso Dios, 

ilumina las tinieblas de mi 

corazón 

y dame fe recta, 


esperanza cierta 


y caridad perfecta; 


sentido y conocimiento, Señor, 

para que cumpla tus Santos

Mandamiento y así agradarte en 

todo. 


Amén.

3 comentarios:

  1. Que simple, teologal y hermosa oración, gracias por compartirla
    Germán

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  2. "Debemos unirnos a la Voluntad de Dios no solamente en las cosas que vienen directamente de Sus Manos, como la enfermedad, la desolación, la pobreza, la muerte de parientes, sino también en aquéllas que sufrimos de los hombres, por ejemplo, desprecios, injusticias, pérdidas de reputación, pérdidas de bienes temporales y todo tipo de persecuciones. En estos momentos debemos recordar que mientras Dios no quiere el pecado (de quien nos fustiga), Él Quiere nuestra humillación, nuestra pobreza o nuestra mortificación, según sea el caso. Es una certeza de fe que cualquier cosa que nos sucede, nos sucede porque es la Voluntad de Dios. De Dios vienen todas las cosas, buenas y malas. Nosotros llamamos mal a las adversidades, pero en realidad son bienes y merecimientos, muy grandes, cuando las recibimos como venidas de las manos de Dios."
    San Alfonso María de Ligorio
    Uniformidad con la Voluntad de Dios

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  3. Durante su pasión Jesús estuvo atado, perdió su libertad: en la Eucaristía se ata a sí mismo; a manera de férreas cadenas, le han sujetado sus promesas absoluta y perpetuamente, y le han unido inseparablemente a las sagradas especies las palabras de la consagración. Se halla en el santísimo Sacramento sin movimiento propio, sin acción, como en la cruz y como en el sepulcro, aunque posea la plenitud de la vida resucita.
    Jesús está, en absoluto, bajo la dependencia del hombre, como prisionero de amor; no puede romper sus ligaduras ni abandonar su prisión eucarística. Se ha constituido prisionero nuestro hasta el fin de los siglos. ¡A tanto se ha obligado y a tanto se extiende el contrato de su amor!
    En cuanto a la bienaventuranza de su alma, claro está que, una vez resucitado, no puede suspender como en Getsemaní sus arrobamientos y goces; pero pierde su felicidad en los hombres, y en aquellos de sus miembros indignos, como son los malos cristianos. ¡Cuántas veces se corresponde a Jesús con la ingratitud y el ultraje! ¡Cuántas y cuántas imitan los cristianos la conducta de los judíos! Jesús lloró una vez sobre la ciudad culpable de Jerusalén; si ahora pudiese llorar en el santísimo Sacramento, ¡cuántas lágrimas le harían derramar nuestros pecados y la perdición eterna de los que se condenan! ¡Cómo nos ama más, le aflige en mayor grado la ruina nuestra que la de los judíos!
    Por fin, no pudiendo morir realmente en la sagrada Hostia, Jesús toma al menos un estado de muerte aparente. Se consagran separadamente las sagradas especies para significar el derramamiento de su preciosísima sangre, que al salir del cuerpo le ocasionó muerte tan dolorosa.
    Se nos da en la santa Comunión; las sagradas especies son consumidas y como aniquiladas en nosotros.
    Finalmente, Jesús se expone también a perder la vida sacramental cuando los impíos profanan y destruyen las santas especies.
    Los pecadores que le reciben indignamente le crucifican de nuevo en su alma y le unen al demonio, dueño absoluto de sus corazones. Rursum crucifigentes sibimetipsis Filium Dei.
    III
    Jesús inmola también en la Eucaristía su vida natural cuanto lo permite su estado glorioso.
    En la pasión no perdonó su vida divina; tampoco la perdona en la Eucaristía. Porque ¿qué gloria, qué majestad, qué poder aparecen en los tormentos de su pasión? Allí no se ve sino al varón de dolores, al maldito de Dios y de los hombres, a Aquel de quien había dicho Isaías que no le podía reconocer, desfigurada como estaba su faz augusta por las llagas y las salivas.
    Jesús, en su pasión, no dejó ver más que su amor. ¡Desgraciados aquellos que no quisieron reconocerle! Preciso fue que un ladrón, un facineroso, le adorase como a Dios y proclamase su inocencia, y que la naturaleza llorase a su criador.
    En el Sacramento continúa Jesús con más amor todavía el sacrificio de sus atributos divinos.
    De tanta gloria y de tanto poder como tiene sólo vemos una paciencia más que suficiente para escandalizarnos, si no supiésemos que su amor al hombre es infinito, llegando hasta la locura. Insanis, Domine!
    Con cuyo proceder parece este dulce Salvador querer decirnos: ¿Acaso no hago lo bastante para merecer vuestro amor? ¿Qué más puedo hacer? ¡Indagad qué sacrificio me queda por consumar!
    ¡Desgraciados aquellos que menosprecian tanto amor! Se comprende que el infierno no sea castigo excesivo para ellos...
    Pero dejemos esto... La Eucaristía es la prueba suprema del amor de Jesús al hombre, por cuanto constituye el supremo sacrificio.

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