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miércoles, 4 de marzo de 2015

EL AMOR DE CRISTO EN LA PERSONA DEL PRÓJIMO Escrito por el Don Columba Marmion de su obra "Jesucristo, Ideal del Sacerdote"


La segunda prerrogativa de la caridad cristiana es más admirable aún. Ella suscita en los santos prodigios de abnegación.
Esta es la verdad espléndida que se ofrece a nuestra fe: Cristo se sustituye en la persona del prójimo, para que, al amar y servir a éste, le amemos y le sirvamos a Él.
Desde su encarnación, Jesucristo se identifica con cada uno de nosotros, como nos dice San Pablo repetidas veces: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo y miembros los unos de los otros»: Vos estis corpus Christi et membra de membro (I Cor., XII, 27). Y añade: «Nadie aborrece jamás su propia carne, sino que la alimenta y la abriga como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo» (Eph., V, 29-30). Si es verdad que pertenecemos a su carne y a sus huesos, ¿no quiere esto decir que somos una misma cosa con Él?
El Padre nos ve en su Hijo como miembros suyos. Y por esto es misericordioso con nosotros y nos dispensa las riquezas de su gracia. Cuando Dios nos perdona, nos atrae o nos santifica, es propiamente a su Hijo a quien manifiesta esta bondad sin límites.
¿Qué se sigue para nosotros de esta identificación con Cristo? Que, cuando nos consagramos los unos al bien de los otros, es a Cristo a quien amamos y servimos en sus miembros. Observad lo que ocurre en la vida ordinaria. Todo lo que se hace a los miembros de alguno, se hace realidad a su misma persona. Así, por ejemplo, si yo tengo un dedo herido y me lo curáis, es a mí, es a mi persona a quien dispensáis estos cuidados, porque el dedo forma parte de mi carne. Lo mismo sucede con los miembros de Cristo, porque forman un todo con Él. Porque Cristo los ha unido a Él, es por lo que nos ha dicho: «Cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt., XXV, 40).
Continúe leyendo:
http://verdadcatolica.blogspot.com.ar/2015/03/el-amor-de-cristo-en-la-persona-del.html

1 comentario:

  1. ACTO DE ABANDONO
    Señor, no sé qué debo pedirte.
    Tú conoces mis necesidades,
    Tú sabes lo que me hace falta,
    Tú me amas más que yo a mí mismo.
    Concédeme, Dios mío, lo que yo no se pedirte:
    no quiero ni me atrevo a pedirte mi curación,
    solamente acudo a Ti y te abro mi corazón.
    Rómpeme o sáname,
    adoro y adoraré siempre tu voluntad sin conocerla:
    me resigno, me callo, me sacrifico, me doy, me abandono,
    ya no tengo otro deseo
    que hacer en todo tu santa voluntad.
    Ayúdame a sufrir con paciencia,
    y que las quejas que pudieran escaparse de mis labios
    sean una oración que sale de mi corazón
    y sube hasta ti.
    Tu querido Hijo Jesús, mi Salvador, sufrió por mí:
    es muy justo que yo me olvide por Él.
    Él tenía la fuerza de un Dios
    y yo sólo la debilidad de una criatura.
    Enséñame, pues, a rezar,
    o más bien reza tú por mí,
    porque yo no puedo.

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