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miércoles, 9 de diciembre de 2015

REFLEXIÓN PARA LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO




Oratorio S. Miguel Arcángel en Tucumán
En el segundo domingo de Adviento la Iglesia nos presenta, para nuestra meditación, a San Juan el Bautista. Lo vemos cargado de celo por Dios y por la salvación eterna de los hombres, el único destino para el que hemos sido creados. Predica, dice el evangelista, un bautismo de penitencia, que en muchos casos llevaba a los oyentes al arrepentimiento, una vez reconocidas las propias culpas. Ese pesar, ese dolor al contemplar sin ambages la vida pasada, que en ocasiones nos avergüenza y ha sido indigna de un hijo de Dios, es imprescindible: hay que pasar por él como condición para el cambio de actitud que reclama nuestra vida.
A Juan le urge su tarea. Considera vital que la gente abandone la vida del pecado; la indiferencia respecto a Dios; la excesiva preocupación por uno mismo. De él apenas se preocupa. Con lo que consigue en la agreste naturaleza que le rodea se alimenta, podemos suponer que lo suficiente para proseguir su misión, lo único relevante para el Bautista. 
Como recordamos, Juan, es hijo de Zacarías e Isabel, prima de la Santísima Virgen, había sido "tocado" por el Espíritu Santo desde el vientre de su madre: Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:
—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.
Estas cosas sucedían treinta años atrás cuando la madre de Jesús –después de haber recibido el anuncio de que iba a ser madre de Dios– fue a visitar a Isabel que llevaba ya seis meses encintas. Sin embargo, alcanzan ahora todo su protagonismo. Aquel niño sería el Precursor del Hijo de Dios encarnado, que advertiría, según nos muestra hoy San Mateo, de la inminente venida de Jesús, portador de un mensaje superior al suyo: Yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo.. 
Misa de 2º Domingo de Adviento en Tucumán 
Todo, en la liturgia de este Segundo Domingo de Adviento nos habla de preparación. De preparación nuestra para un acontecimiento único, grandioso y de absoluta trascendencia para los hombres. Sin exagerar, podemos decir que se trata de la preparación más importante en que cabe pensar. Estamos implicados, en cuanto hombres y de un modo más expreso en cuanto cristianos, en el acontecimiento de la venida de Dios a la humanidad. Que no es algo que puede interesarnos o no; que nos puede parecer más o menos valioso; en el que podemos sentirnos afectarnos hasta cierto punto, según las circunstancias de cada uno; que, en definitiva, reclama en alguna medida nuestra atención y nuestro empeño. No, el acontecimiento de la Encarnación es el único que puede, –dependiendo de la actitud personal y libre ante él– consumar nuestra vida en la única plenitud que le es debida por voluntad de Dios, nuestro Creador. 
Dios nos ofrece su vida, a través del nacimiento, vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Ese ofrecimiento es real ofrecimiento, no algo otorgado sin intervención nuestra, como es, por ejemplo, la condición de persona humana, con los múltiples rasgos que nos hacen exclusivos en nuestras común naturaleza.
Pero ahora, que se acerca la Navidad, evocamos de un modo más insistente y detallado que Dios vino como hombre a nuestro mundo y que, como consecuencia, espera Dios nuestra acogida, y una preparación que nos disponga a la mejor bienvenida que podamos darle. La actitud del Bautista, aparte de lo desproporcionada que nos pueda parecer su indumentaria y sus alimentos, pone indudablemente de manifiesto un máximo interés, un máximo empeño, haber dado toda la prioridad a lo que Dios espera de los hombres. San Juan se había tomado las cosas de Dios en serio. Dios era para el Precursor lo único que daba sentido a su existencia. En realidad, así es para todos, pero Juan era muy consciente de ello: implicaba su vida entera y de modo apasionado en las cosas de Dios. 
La Santísima Virgen María, la madre de nuestro Salvador, es ejemplo maravilloso –en su sencillez– de entrega incondicional a los planes divinos. Y a ella nos encomendamos, pidiéndole nos enseñe a ser, antes que nada, buenos hijos del Padre nuestro que ésta en los cielos.

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