Reflexión

INDISPENSABLE REFLEXIÓN

Sobre el Sedevacantismo se ha dicho lo que se ha querido, muchos han opinado sobre esta posición teológica y canónica católica sin conocer en profundidad sus verdaderos orígenes y desarrollo, sus verdaderos protagonistas --eclesiásticos de la mayor relevancia jerárquica como intelectual--, sus verdaderos y graves fundamentos dogmáticos, su imperiosa razón de defender a los católicos de la grave apostasía y cisma en el que ahora viven y malviven. Paradójica y curiosamente sus máximos enemigos y detractores han sido aquellos que se dicen "defensores de la tradición católica", estos son los falsos tradicionalistas, todos ellos ex miembros de la FSSPX a la cual hoy día calumnian y difaman con un diabólico resentimiento; dirigidos por una élite infiltrada con psudosteólogos que inventaron laberínticas "tesis" rabínicas-dominicas-jesuíticas, y de una gran malicia al servicio del complot judeo-masónico, y secundados por la complicidad y servilismo de una mayoría de incautos que movidos siempre por la ingenuidad de una cómoda negligencia se alimentan de las "teologías" y de los "teólogos" del facebook o de los blog de la internet. Frente a todos estos paracaidístas devenidos en estos últimos meses al "sedevacantismo" los hay de muchos colores, entre ellos contamos a los desilucionados por el coqueteo de Jorge Bergoglio con los Protestantes, Judíos y Musulmanes, como si Ratzinger, Wojtila y Montini no lo hubiesen hecho antes, estos nuevos "sedevacantistas" creen que solo Bergoglio es hereje formal y material y por lo tanto no es papa, pero los muy incautos "ignorantes en la cuestión" aceptan la misa nueva y los sacramentos dados con el nuevo ritual inválido e ilegítimo de Paulo VI. Los Católicos fieles creemos firmemente que el último Papa de la Iglesia Católica Apostólica Romana fue S.S Pío XII y que de allí por defecto y consecuencia de la Grana Apostasía ha cesado la institución del cónclave y cualquier iniciativa al respecto, solo será una delirante intentona.

domingo, 30 de julio de 2023

HOMENAJE AL PADRE JULIO MEINVIELLE EN EL 50 ANIVERSARIO DE SU MUERTE...: LA FIGURA DEL GRAN SACERDOTE PARECE CONDENADA AL OLVIDO O LA DIATRIBA, : Por: MARIO CAPONNETTO, en el Diario La Prensa

 


El próximo 2 de agosto se cumplirá un nuevo aniversario (el quincuagésimo) de la muerte del Padre Julio Meinvielle, una de las mentes más brillantes del catolicismo argentino. Pese a ello, Meinvielle parece estar destinado a la constante diatriba de los enemigos de la Fe y al injusto olvido, cuando no incomprensión, de los propios, incluso de algunos que le fueron muy próximos. De los primeros no vale la pena ocuparse demasiado: por regla general o no han leído o han leído mal sus escritos y han echado a rodar un cúmulo de imposturas que no merece gastar tiempo en ellas. En cuanto a los segundos, a los propios, su actitud no deja de causar dolor al comprobar la enorme ingratitud manifestada en su silencio. Por eso he querido titular estas líneas "agradecido homenaje" pues de eso se trata: de ser agradecidos y de saldar, siquiera mínimamente, tan grande deuda de gratitud.
Meinvielle fue un cura de pueblo, como se ha dicho, y es cierto. Joven sacerdote lo vemos como párroco en una barriada de Buenos Aires, Versalles, entregado de lleno a una obra de evangelización y de progreso humano de aquellos feligreses que le habían sido confiados. Gastó su fortuna personal en obras que aún perduran. Atendía a los necesitados que acudían a su puerta cuando aún no se habían inventado la "opción preferencial por los pobres" ni la "teología del pueblo".
Aparte de su experiencia parroquial se prodigó en múltiples iniciativas apostólicas (entre ellas los Scouts católicos). Algunas de esas iniciativas le redituaban dinero que, invariablemente, destinaba a socorrer a todo aquel que acudía en busca de ayuda y, muy especialmente, a sostener los estudios europeos de numerosos sacerdotes sin recursos que, gracias a su caridad, pudieron completar su formación académica. La generosidad sin límites fue nota esencial de toda su vida. He podido recoger testimonios directos de quienes más de una vez advirtieron que el Cura dormía sin colchón pues había regalado el suyo a algún pobre.
Pero junto a este Meinvielle pastor de almas, "cura de pueblo", vivía otro Meinvielle: el lúcido intelectual, el teólogo de ortodoxia impecable y de mirada en ocasiones proféticas, el erudito discípulo del Aquinate, el escritor prolífico, el polemista temible y el patriota que, como un buen centinela, guardaba las murallas de la Ciudad asediada.

DOS ASPECTOS
Es imposible en el breve espacio de una nota reseñar siquiera el significado y el alcance de la obra teológica y filosófica de Meinvielle. Me limitaré a mencionar (y brevemente, por cierto) sólo dos aspectos: de un lado, su certera visión del grave fenómeno eclesial del progresismo del que predijo muchas de sus nefastas consecuencias que hoy están a la vista. Por otro lado, su no menos certera visión del proceso revolucionario del comunismo que sumiría a Hispanoamérica -y a la Argentina con ella- en la trágica experiencia de los años sesenta y setenta.
La preocupación por el progresismo aparece tempranamente en la obra de Meinvielle. En 1945 ve la luz su medular ensayo De Lamennais a Maritain en el que advierte la deriva modernista del ilustre filósofo francés quien había formulado por esa época su conocida tesis sobre la Nueva Cristiandad. Maritain fue, a no dudarlo, uno de los grandes filósofos cristianos del siglo XX, un hombre dotado de un singular genio metafísico y un gran renovador de la filosofía escolástica. Sin embargo, en el plano social y político sus posturas no hacían sino reactualizar los graves errores difundidos en el siglo XIX por el sacerdote francés Felicité Robert de Lamennais cuyas ideas precursoras del llamado liberalismo católico (y aún socialismo cristiano) habían merecido las más severas condenas del magisterio pontificio.
La posición crítica de Meinvielle es muy clara desde el inicio. Se trata, en primer término, de una crítica formulada desde la teología, no desde la política o la sociología. Pero es, además, una crítica que apunta directa y exclusivamente a la noción mariteneana de la Nueva Cristiandad en la medida en que ésta representa una norma práctica en el plano de la acción social católica que como tal supone una inadmisible novedad respecto de lo que la Iglesia enseña y ha enseñado siempre. Se trata, sostiene taxativamente Meinvielle, de un proyecto de sociedad humana en la que lo sobrenatural resulta por completo eliminado. En este sentido, el hilo conductor que une a Lamennais con Maritain es, para Meinvielle, una idea radicalmente falsa del progreso. Uno y otro han sucumbido al "mito del progreso" con todas las graves consecuencias que de esto se derivan.
Si se tiene en cuenta el año en fue escrita y publicada esta obra no es difícil advertir que ella resultó en buena medida profética. No pasarían veinte años desde su publicación cuando el progresismo entrevisto por Meinvielle se convertiría, a partir de la experiencia conciliar y post conciliar, en este actual fenómeno arrollador que viene gravando, cada día más, la vida de la Iglesia.
Es de destacar que por aquellos años del Concilio y de los que inmediatamente le sucedieron, Meinvielle prestó una constante atención a este fenómeno. Así lo atestiguan los numerosos escritos de esos años: En torno al progresismo cristiano, Un neo cristianismo sin Dios y sin Cristo, término del progresismo cristiano, Un progresismo vergonzante, los tres aparecidos en 1964 antes de la clausura del Concilio, los posteriores estudios críticos sobre Teilhard de Chardín (1965) y Karl Rahner (editados póstumamente en 2013) y finalmente, la obra que cierra en cierto modo toda esta extensa labor crítica sobre el progresismo: su medular ensayo De la cábala al progresismo, publicado en 1970, obra de madurez en la que Meinvielle desentraña la profunda raíz gnóstica del progresismo llegando, de este modo, a la ultima ratio de este singlar fenómeno.
En lo que respecta al segundo aspecto mencionado, a saber, la visión de Meinvielle del proceso revolucionario desencadenado por el comunismo en los años sesenta y setenta, la actuación de Meinvielle se desarrolló en un doble plano. En efecto, por un lado Meinvielle intervino activamente en las concretas vicisitudes políticas de la Argentina a través, sobre todo, de una asombrosa actividad periodística. Célebres fueron sus denuncias de lo que él llamaba "el aparato comunista" para la toma del poder. Aceptamos que en esto pudo haberse equivocado más de una vez ya que se trataba de cuestiones contingentes cuyo análisis dependía de cambiantes circunstancias sobre las que era posible formular más de un juicio. No obstante los escritos de esta clase fueron un valiosísimo llamado de alerta por desgracia no suficientemente atendida.
Muy otro es el sentido y el alcance de la extraordinaria labor de esclarecimiento filosófico y teológico que el Cura dedicó a desentrañar la verdadera naturaleza del enemigo que se enfrentaba. Fruto de esta labor son sus dos libros El comunismo en la revolución anticristiana (1961) y El poder destructivo de la dialéctica comunista (1962), textos imprescindibles para entender la esencia del comunismo:
En el primero examina el proceso de la Revolución Anticristiana, en sus sucesivas etapas y modalidades, entendida ésta como el conjunto de todos los esfuerzos desarrollados a lo largo del curso histórico tendientes a destruir no sólo la Iglesia sino, fundamentalmente, la Civilización Cristiana levantada bajo su inspiración y guía. Es en el marco de este proceso revolucionario que se ha de inscribir el comunismo si se pretende alcanzar de él una inteligencia completa y verdadera. En este punto, Meinvielle (al igual que Genta por la misma época) da en el blanco: sólo tomando como referencia comparativa la Ciudad Católica -la sociedad elaborada de acuerdo al plan de Dios, el único que satisface plenamente los designios de Dios y las aspiraciones del hombre- es posible entender en su esencia el comunismo y con él la guerra revolucionaria que asoló nuestro país en los años de plomo.

LA DIALECTICA
En la segunda de las obras mencionadas, El poder destructivo de la dialéctica comunista, el punto de análisis no se sitúa en lo histórico sino en lo filosófico. La esencia del comunismo inventado por Marx, sostiene Meinvielle en el prólogo de la primera edición, no se entiende adecuadamente sino no se pone en el corazón mismo del comunismo el problema de la dialéctica; pero no de "una dialéctica pura, operando en el vacío", sino una dialéctica que penetra "en las dimensiones constitutivas del hombre, tal como éste ha salido de la mano de Dios". A partir de este presupuesto, Meinvielle desciende hasta las raíces últimas del proceso de auténtica subversión operado en la intimidad misma del ser del hombre y con él de todo el universo.
Antes de terminar, dos aclaraciones. Su polémica obra El judío en el misterio de la historia, siempre denostada y casi nunca leída, no es un libelo antisemita sino una profunda meditación teológica del papel de Israel en la historia de la salvación. En cuanto a que era un hombre de miras estrechas, lo desmienten varias de sus empresas intelectuales: baste citar solamente, a modo de ejemplo, la revista Diálogo, que dirigió allá por 1954, en la que pueden leerse autores tan diversos como Régis Jolivet, Víctor Frankl, Christopher Hollis, Julio Irazusta, Sciacca, Guardini o Albert Frank-Duquesne, entre otros.
Termino volviendo a la deuda de gratitud con que comencé estas líneas un tanto deshilvanadas. En una larga conversación que tuve con Monseñor Giaquinta cuando residía en el Seminario Metropolitano de Buenos Aires en su calidad de Obispo emérito de Resistencia, hablamos mucho de Meinvielle. Giaquinta lo quería y lo admiraba; había sido su discípulo desde muy joven (más aún, me confesó que había sido como un padre para el). Fue entonces cuando le pregunté si no creía que la Iglesia argentina le debía un justo reconocimiento a la persona y a la obra del Padre Julio. No obtuve respuesta. Todavía la sigo esperando.

lunes, 10 de julio de 2023

ELLOS TIENEN LOS TEMPLOS, NOSOTROS LA FE... : CARTA DE SAN ATANASIO (UN TEXTO DE MUCHA ACTUALIDAD PARA HOY EN QUE LA SECTA APOSTATA DEL VATICANO SEGUNDO HA USURPADO TODOS LOS TEMPLOS QUE HASTA HACE CINCUENTA AÑOS PERTENECIAN A LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA)


"Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos. se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos entonces poseen los templos. Vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más, o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que a11í se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. (¿No es para hoy esta carta?}. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia, descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que permanece inconfusa. Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al contrario, esos mismos contenidos de la Fe que ellos han querido desplazar, los han destruido a ellos. Es esto en efecto lo que significa afirmar: "TU ERES EL HIJO DE DIOS VIVO". Por tanto, nadie prevalecerá jamás contra vuestra Fe, mis queridos hermanos, y si en algún momento Dios os devolviere los templos, será menester el mismo convencimiento: que la Fe es más importante que los templos. Y precisamente una Fe tan viva suple para vosotros, por ahora, la devolución de los templos. No es que yo hable sin respaldo de la Escritura, por e1 contrario, os digo con énfasis que os conviene confrontar sus testimonios. Recordad precisamente que el templo era Jerusalén, y que el templo no estaba en el desierto cuando los enemigos lo invadieron. Los invasores venidos de Babilonia habían irrumpido como juicio de Dios, que probaba o que corregía y que, precisamente por medio de estos enemigos ávidos de sangre imponía castigo a los que lo ignoraban. Los extranjeros, pues, se posesionaron del lugar, pero éstos, en el lugar, negaban a Dios. Justamente porque no sólo no tenían respuestas adecuadas, ni las proferían, sino que estaban excluidos de la verdad. Por tanto ahora también, ¿de qué les sirve tener los templos? Si efectivamente, los tienen, pero eso a los ojos de quienes se mantienen fieles a Dios indica que son culpables, porque han hecho cueva de ladrones y casas de negocios, o sitios de disputas vanas lo que antes era un lugar santo, de modo que ahora les pertenece a quienes antes no les era lícito entrar. Muy queridos, por haberlo oído de quienes han llegado hasta aquí, sé todo esto y muchas otras cosas peores; pero, repito, cuanto mayor es el empeño de éstos por dominar la Iglesia, tanto más están fuera de ella. Creen estar dentro de la verdad, aunque en realidad están excluidos de ella, prisioneros de otra cosa, mientras la Iglesia, desolada, sufre la devastación de estos supuestos benefactores".
Hasta aquí La carta de San Atanasio, del año 356 exactamente.