Hay una tentación silenciosa que puede infiltrarse incluso en las obras más santas: hacer las cosas para nosotros mismos y no para Dios.
Con el paso del tiempo he comprendido que el verdadero servicio no se mide por los aplausos que recibimos, ni por los cargos que ocupamos, ni por el reconocimiento que los demás puedan darnos. El auténtico servicio se mide por la capacidad de amar cuando nadie nos ve, de permanecer fieles cuando nadie nos felicita y de seguir entregándonos cuando nadie parece darse cuenta.
Jesús nunca buscó protagonismo. Su grandeza se manifestó en la humildad. Siendo Señor, se hizo servidor. Siendo Maestro, se arrodilló para lavar los pies de sus discípulos. Siendo Dios, eligió el camino de la entrega total.
Cada vez que sirvo, debo preguntarme con sinceridad qué es lo que realmente busca mi corazón. Porque puedo estar muy ocupado en actividades religiosas y, al mismo tiempo, estar alimentando mi orgullo. Puedo trabajar mucho para la Iglesia y olvidar que todo debe hacerse para la gloria de Dios y el bien de los hermanos.
El ego siempre busca ocupar el centro. El amor, en cambio, busca ceder el lugar. El ego quiere ser reconocido. El amor se alegra cuando Cristo es reconocido. El ego se compara. El amor agradece. El ego divide. El amor construye comunión.
Cuando aprendemos a desaparecer para que Cristo aparezca, descubrimos una libertad inmensa. Dejamos de competir, dejamos de demostrar, dejamos de buscar aprobación y comenzamos simplemente a amar.
Entonces el servicio recupera su belleza original. Ya no es una búsqueda de importancia personal, sino una respuesta agradecida al amor de Dios. Ya no es un escenario para destacar, sino una oportunidad para que otros se encuentren con el Señor.
Pidámosle hoy a Dios la gracia de tener un corazón humilde, capaz de servir con alegría, generosidad y sencillez. Que nunca olvidemos que todo lo que somos y todo lo que hacemos proviene de Él y le pertenece a Él.
Reflexión final: cuanto menos espacio ocupa nuestro ego, más espacio encuentra Cristo para actuar a través de nosotros.

Muy bueno el artículo y lo que dice sobre el egoísmo o el hacer algún acto de bien al prójimo no tanto para agradar a Dios o consolar al prójimo, si no solo para ser visto por los demás y para que digan de que somos personas solidarias es algo muy actual, propio del hombre moderno en donde el centro soy yo y ya no es Dios,
ResponderEliminarEs una lástima que esto exista entre los cristianos pero es consecuencia de la falta de formación espiritual y que ya la iglesia modernista Por lo menos no lo enseña, digo que es una lástima p porque si uno desea ser méritos para salvar su alma o por lo menos purgar algunos pecados, no lo podrá conseguir porque el premio ya lo tiene en esta vida y a los ojos del mundo.
ResponderEliminarLas almas que aspiran llegar al Cielo deben considerar la vida como un tiempo de combate, como un período de prueba para mostrar su amor a Dios, como una preparación para la Felicidad Eterna. Para seguir las enseñanzas del Evangelio, deben controlar las pasiones, ir en contra del espíritu del mundo y resistir las trampas de Satanás. Todo esto requiere sacrificio y constituye la cruz cotidiana.
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