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miércoles, 28 de mayo de 2014

EL DIOS Y LA IGLESIA QUE ALEGRARON MI JUVENTUD Por: RAFAEL GAMBRA



Siempre me admiró la forma como la Iglesia Católica se entrañaba en la vida de los pueblos y de las familias. Cómo sostenía sus costumbres, haciéndose carne de ellas, y cómo a la vez las santificaba.
¡Qué obra de arte, de armonía y de profundidad fue la civilización cristiana! Las plegarias cotidianas y los toques de oración señalaban las horas del día. Las fiestas y el año litúrgico marcaban los tiempos, las faenas y el descanso.Cristianas eran las alegrías y cristianos los dolores del pueblo cristiano. Santo el nombre de cada humano, y su fiesta era de un santo. Un sacramento alumbraba la vida que nacía, otro, la plenitud gozosa del matrimonio; otro consolaba al que se iba de este mundo.
¿Qué fácil era el cura de pueblo, desde la dignidad de su sotana, mantener el respeto reverencial y a la vez el gesto amable y paternal! ¿Qué figura venerable la del párroco de nuestra juventud! Cómo acudían a él los niños a besarle la mano, pronunciando el "Ave María Purísima". Y a escuchar de sus labios siempre una palabra de padre. El era inequívocamente pastor, y a él acudían para consuelo y consejo las tribulaciones de la juventud y las penas de la vejez. Y aquellas gentes tenían como la mayor honra de su vida ver a un hijo suyo sacerdote.
¡Qué grandeza la de los templos que nuestra fe levantó! En cualquiera de nuestra aldeas su templo parroquial vale más que todo el pueblo junto.
Y qué dignidad y belleza la del culto divino, aun con los medios más modestos. El latín, el canto gregoriano, la solemnidad de la misa "de Angelis", obras de una tradición milenaria. Y en el funeral por el que se nos fue, qué estremecimiento íntimo en el oficio de difuntos, en el "Dies irae", en el responso final... Las devociones sinceras de la Virgen del lugar, Las procesiones de santos, la romería anual... apostolado sencillo, religión entrañada y de verdad, que nos hizo llegar pujante y consoladora la fe de nuestros mayores, la del mismo Cristo...
Pero llegó el post-concilio y con él, el "nuevo cura". Ya todo terminó. El sabe más que veinte siglos de catolicidad. En su inmenso portafolios lleva un nuevo culto, casi una nueva religión, que aprendió de maestros holandeses. Y un inmenso desprecio por la fe de aquel lugar.
Ya no vestirá sotana, vestirá como cualquiera, y con torpe desenvoltura tratará de hablar y de reír como los demás. Con él viene "la Iglesia de los pobres", pero él será el primer párroco con coche ("instrumento de trabajo" para no estar nunca en el pueblo).
Para reconocer en él al cura es preciso apelar a nociones abstractas, porque lo que se ve es la antítesis, su negación misma. ¡Qué afrenta a la fe, que desprecio al pueblo fiel!.
Ya no hay unción ni respeto, ni devoción, ni fervor. Solo ruidos, innovación, petulancia e impiedad. Ya los niños no acuden al paso del sacerdote. ¿A qué fin? Todo cuanto ha existido debe ser cambiado por "preconciliar". Ya no suenan las campanas del Angelus, ni el pueblo se reúne en la Misa Mayor. Fiestas y procesiones han sido alteradas o suprimidas sin el menor respeto; incluso el santoral ha cambiado.
El culto divino se ha extenuado hasta su extremo. Ya no existe el latín, ni el gregoriano de la liturgia católica; toda la polifonía clásica ha sido estirada. Salmos con ritmo protestante y ritmos irreverentes han ocupado su lugar.
Y la estridencia, la improvisación constante, el mal gusto. Altavoces por todas partes con su resonancia metálica, altavoces de feria en el templo, hasta en los entierros. (Sordo debe ser su Dios, o no los quiere escuchar). El silencio, el recogimiento, la oración personal, no tienen ya cabida en el templo.
Y como sustancia de toda esta siniestra algarabía, la prédica "social". ¡Que todos la escuchen callados, y que nadie se arrodille al comulgar...!
Violencia a las almas, violencia a las conciencias y a la sensibilidad... todo en nombre de la libertad y del "hombre moderno".
Mientras tanto, las costumbres se corrompen en los pueblos, y la fe se pierde en las almas. ¿Quién enderezará ya todo esto, quién sembrara de nuevo la fe? ¡Danos, Señor, paciente y fortaleza para tantos males aguantar!

miércoles, 7 de mayo de 2014

UN SENCILLO Y HUMILDE HOMENAJE EN ESTE AÑO EN QUE SE CUMPLE EL 80 ANIVERSARIO DEL XXXII CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL LLEVADO ACABO EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES EN EL AÑO 1934

Por: Rogelio Alaniz
Entre el 9 y el 14 de octubre de 1934 se celebró en la ciudad de Buenos Aires el XXXII Congreso Eucarístico Internacional. Multitudes nunca vistas de creyentes argentinos se hicieron presentes, provocando el hecho de masas más importante de nuestro país y, para algunos hist
oriadores, la movilización más grande que se haya producido en la Argentina durante el siglo XX y lo que va del siglo XXI.
Los actos centrales se realizaron en Palermo a la altura del Monumento de los Españoles, donde se levantó una inmensa cruz. Pero también hubo procesiones en la Plaza de Mayo, el Congreso y el tramo que va de la Iglesia del Pilar en Recoleta hasta Palermo, sin mencionar las concentraciones en el puerto para presenciar el arribo de los ilustres visitantes o en las ceremonias de gala realizadas en el Teatro Colón. En definitiva, el congreso ocupó una ciudad que vio desbordada sus instalaciones hoteleras, comedores y medios de transporte. Las multitudes no sólo peregrinaron, sino que tomaron la comunión y rezaron. Muchos aprovecharon la ocasión para conocer Buenos Aires y algunos de sus sitios turísticos, como El Tigre, Luján y La Plata.
El número de asistentes no se conoce con precisión, pero se estima que en las celebraciones del doce de octubre y del domingo catorce, la concentración superó el millón de personas, una cifra altísima en un país cuya población apenas llegaba a los ocho millones de habitantes.
Hasta el día de hoy, se debate sobre los alcances de este Congreso, cuyos efectos sociales y políticos excedieron los límites habituales de una convocatoria de este tipo. Católicos nostálgicos de tiempos más religiosos consideran que nunca antes y nunca después, la Iglesia fue tan convocante; historiadores estiman que el Congreso Eucarístico marca el punto de agonía de la Argentina liberal y el nacimiento de una Argentina nacionalista y católica; en la misma línea, pero con algunas variantes, se estima que 1934 fue la revancha de la Argentina católica contra la Argentina liberal de 1880.
En otro orden de razonamiento, para algunos, lo sucedido fue una consecuencia de las concesiones que el régimen conservador del presidente Agustín Justo hizo a la Iglesia Católica para conseguir a cambio respaldo social y político; para otros, el Congreso fue de manera tácita una impugnación al liberalismo conservador dominante y el anticipo de una Argentina que en la década del cuarenta habrá de expresarse políticamente a través del peronismo.
Los historiadores Zanatta y Di Stéfano consideran que en 1934 la Iglesia Católica despertó de su letargo iniciado en 1880. Sin embargo, la hipótesis es refutada por colegas que demuestran que ese letargo no fue tal, porque en todas esas décadas las parroquias se multiplicaron, y alrededor de ellas se fundaron instituciones, diarios y revistas que mantuvieron viva la fe. Para 1930, ya existía la Acción Católica, revistas como Criterio, e intelectuales católicos del nivel de Gustavo Franceschi, pero los círculos de obreros católicos o las organizaciones caritativas parroquiales existían desde mucho antes, al punto que la consistencia de esas redes asociativas se llegaron a comparar con las organizadas en la vereda de enfrente por anarquistas y socialistas.
Concretamente, la masividad del Congreso Eucarístico no fue un fenómeno accidental; por el contrario, bien puede ser considerado la consecuencia de un proceso de larga data en una Argentina cuya religiosidad era más importante de lo que se registraba en la superficie. Por supuesto que cada una de estas consideraciones puede refutarse, pero en todos los casos lo que queda claro es que lo sucedido en octubre de 1934 fue uno de los acontecimientos más importantes de esa década, y para la Iglesia Católica uno de sus momentos de máximo esplendor.
Los católicos no salieron de la nada en la década del treinta, pero fue en esos años cuando se consolidó un ideario religioso ultramontano e integrista. Pertenece a este tiempo, el mito de la Argentina católica y el ser nacional. Para la Iglesia de entonces, el liberalismo y el comunismo eran los enemigos a derrotar. También algunas de sus consecuencias: la separación de la iglesia del Estado, el divorcio y la ausencia de enseñanza religiosa en las escuelas. Salvo minorías, los intelectuales católicos no alentaban al fascismo o a los nazis, pero compartían con éstos sus críticas al comunismo y al liberalismo, mientras que la objeción más seria que se le hacía -por ejemplo- a los nazis era la de practicar una suerte de neopaganismo.
El orden político que se defendía estaba en las antípodas de la democracia representativa. El concepto de democracia era social y no político y estaba vinculado con el desarrollo de las asociaciones intermedias. La defensa de un orden corporativo era la consecuencia lógica de esta visión, aunque a diferencia del fascismo, la Iglesia siempre advirtió sobre la idolatría al Estado y el culto a la violencia. Iban a pasar muchos años -entre otras cosas los horrores de la Segunda Guerra Mundial y la derrota del Eje- para que lentamente la Iglesia se fuera reconciliando con la democracia. Pero entre tanto, para los años treinta el modelo a imitar era el propuesto por Salazar en Portugal, el político a considerar era Mussolini -que celebró el acuerdo de Letrán-, y el líder a honrar, era el general Francisco Franco en España.
El Congreso se realizó en 1934, pero tres décadas antes el arzobispo Mariano Espinosa había iniciado gestiones en Roma que no se habían concretado. Espinosa apuntaba a producir un hecho religioso de envergadura en una fecha cercana al Centenario. El objetivo consistía en establecer un contrapunto con la Argentina liberal y laicista que en la década del ochenta le había infligido una herida dolorosa a la Iglesia con la aprobación de las llamadas leyes laicas.
El Congreso Eucarístico Internacional se celebró en Buenos Aires gracias a las gestiones del arzobispo fray José María Bottaro, quien en 1932 recibió la autorización de Roma. Fue el primer congreso de esa magnitud en Sudamérica. El único antecedente databa de 1926, cuando Chicago (EE.UU.) había sido sede del Congreso. Precisamente, uno de los argumentos de las autoridades religiosas argentinas para convencer a los funcionarios del Vaticano tomó como referencia al Congreso de Chicago y a la asistencia masiva que produjo en una de las ciudades que hasta ese momento era conocida por las huelgas anarquistas y el imperio de la mafia.
Decía que el dato social más significativo del Congreso fue la presencia de las multitudes en las calles. Con el Congreso, se hizo realidad la Argentina de masas con todas sus ventajas e incomodidades. Este verdadero aluvión de hombres, mujeres y niños provenientes de los lugares más remotos del país y de todas las clases sociales, ocupó la ciudad de Buenos Aires durante una semana para inquietud de patricios, muchos de ellos con el corazón dividido, ya que por otro lado ellos eran quienes más habían contribuido a financiar los gastos del Congreso. Al respecto, no dejan de ser sintomáticas las posteriores declaraciones de un católico practicante y militante como Manuel Gálvez: “Fui dichoso estos días, no obstante las molestias nerviosas que me producía el verme entre aquellas gigantescas multitudes”.
El Congreso Eucarístico no cayó del cielo. En 1916, el mismo año en que Hipólito Yrigoyen asumió el poder, se celebró en Buenos Aires el Primer Congreso Eucarístico Nacional. Y en 1929, multitudes de católicos desfilaron desde Plaza de Mayo hasta el templo salesiano de San Carlos en Almagro. Se celebraba en esa ocasión a Don Bosco, pero el dato significativo de aquel acto fue que la cabeza de la procesión fue recibida en San Carlos por el presidente radical, lo que demostró que no sólo Justo era propenso a acercarse a la Iglesia católica, hecho del que nunca se sabrá con precisión si provenía de la fe o del oportunismo político. A título anecdótico, recordemos que la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones expulsó a Justo de sus filas acusado de comportarse como un amanuense del cardenal Pacelli y sus obispos.


Deseamos compartir con nuestros lectores y visitantes, estas interesantes ilustraciones tomadas de una revista conmemorativa y que se vendía durante el mismo año del Congreso, y aún quedan algunos ejemplares circulando y que Nuestra Sociedad Religiosa tuvo la gracia de que el dueño de la Librería Acción de la Ciudad de Bs.As. nos lo regalara para nuestra biblioteca.



Tapa del cuadernillo, 2da Ed.

Continúe viendo este valiosísimo documento en imágenes en http://verdadcatolica.blogspot.com.ar/2014/05/un-sencillo-y-humilde-homenaje-en-este.html

sábado, 3 de mayo de 2014

INVENCIÓN O HALLAZGO DE LA SANTA CRUZ

Hoy 3 de Mayo. Fiesta de la Invención o Hallazgo de la Santa Cruz. Hacia el año 326 la emperatriz Elena de Constantinopla (madre del emperador Constantino I el Grande) hizo demoler el templo de Venus que se encontraba en el monte Calvario, en Jerusalén, y excavar allí hasta que le llegaron noticias de que se había hallado la Vera Cruz. El viaje se había realizado con objeto de encontrar el Santo Sepulcro, que se hallaba perdido. Se inició la búsqueda debido al culto de la cruz, desde la muerte de Jesucristo. Según la historia dorada de Santiago de la Vorágine, cuando la emperatriz —que entonces tenía ochenta años

— llegó a Jerusalén, hizo someter a interrogatorio a los judíos más sabios del país para que confesaran en del lugar en el que Cristo había sido crucificado. Después de conseguir esta información, la llevaron hasta el supuesto Monte de la calavera (el Gólgota), donde el emperador Adriano, 200 años antes, había mandado erigir un templo dedicado a la diosa Venus. Se cree que en realidad el Gólgota era una antigua cantera abandonada con un macizo rocoso, poco útil para la construcción, que quedó sin utilizar y constituyó posteriormente el patíbulo donde colocaban las cruces los romanos. Esta cantera estaba fuera de la muralla, pero cercana a ella.


Santa Elena ordenó derribar el templo y excavar en aquel lugar, en donde según la leyenda encontró tres cruces: la de Jesús y la de los dos ladrones. Como era imposible saber cuál de las tres cruces era la de Jesús, la leyenda cuenta que Elena hizo traer un hombre muerto, el cual, al entrar en contacto con la cruz de Jesucristo, la Vera Cruz, resucitó. El hallazgo de la reliquia se conmemoraba antiguamente en el mes de mayo con el nombre de fiesta de la Invención de la santa Cruz.

La Emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el lugar del hallazgo un fastuoso templo, la llamada Basílica del Santo Sepulcro, en la que guardaron la reliquia. Mucho después, en el año 614, el rey persa Cosroes II tomó Jerusalén y, tras la victoria, se llevó la Vera Cruz y la puso bajo los pies de su trono, como símbolo de su desprecio a la religión de los cristianos.

Tras quince años de luchas, el emperador bizantino Heraclio lo venció definitivamente en el año 628. Poco después, en una ceremonia celebrada el 14 de septiembre de ese año, la Vera Cruz regresó a Jerusalén, llevada en persona por el emperador a través de la ciudad procesionalmente. Dice la leyenda que cuando el emperador, vestido con gran magnificiencia, quiso cargar con la reliquia, fue incapaz de hacerlo, no siéndole posible hasta que no se despojó de todas las galas a imitación de la pobreza y la humildad de Cristo .Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Santa Cruz