Los eremitas urbanos, son hombres y mujeres que en la cotidianidad de la vida ordinaria, caminan dejando a Dios ensanchar espacios de silencio fecundo, soledad acompañada, encuentro íntimo con Jesús en la oración y la vida contemplativa. No viven en monasterios, ni son parte (en gran mayoria) de alguna orden religiosa, sino que amparados por alguna comunidad, congregación o Sociedad Religiosa, hacen votos de pobreza, castidad y obediencia, siguiendo una regla especifica o un modo de vivir especifico que favorezca su crecimiento espiritual. Hay quienes viven con su familia, hijos y cónyuge, pero la mayoría viven solos, pero llenos de Dios en todo momento. El término "urbano" está mal empleado, ya que no hay de campo y de ciudad, sino que son simplemente cristianos que buscan a Dios desde lo que la vida ordinaria les presenta, santificando el trabajo diario y dando sentido desde la oración y la contemplación a la vida de cada día. Esto indica que el término "urbano" se ha empleado últimamente (aunque no es correcto) para determinar a los que viven fuera de los muros de un claustro (monasterio o comunidad religiosa), e indica a quienes viven su vida eremita desde la cotidianidad inmediata de la vida ordinaria. Un eremita, ora, trabaja, hace comunidad en su localidad, ayuda en lo que le es posible a la Iglesia local; lleva siempre en el silencio y la sobriedad el mensaje renovador del Evangelio. No son hombres y mujeres aislados, ni muchas veces son reconocidos como tales eremitas, sino que viven de cara a lo escondido, a la intimidad con Jesús su único amor. Antes de habitar la ermita, hay que habitar la Verdad. La vida eremítica no comienza en un lugar, ni en el silencio exterior, ni en una forma de vida. Comienza cuando el alma deja de sostener personajes y se presenta delante de Dios tal cual es. No se trata de parecer espiritual, sino de ser verdadero. No se trata de alcanzar un ideal, sino de dejarse encontrar por Dios en lo que uno es hoy. El verdadero desierto empieza en el corazón: cuando caen las máscaras, cuando se aflojan las exigencias, cuando ya no necesito aparentar nada. Ahí, en esa pobreza sincera, Dios habita. Y desde ahí, recién, puede nacer una vida eremítica fecunda. Que nuestro camino sea ese: no construir una imagen, sino habitar la verdad.
Rasgos de la espiritualidad eremítica: Soledad habitada: cultivar momentos de silencio y recogimiento donde el corazón se encuentre con Dios, incluso dentro del ruido del mundo. Silencio interior: aprender a callar para escuchar, buscando un espacio donde la Palabra de Dios resuene más fuerte que las voces exteriores. Oración continua: no tanto cantidad, sino calidad: oración breve, sencilla, constante, que atraviesa la jornada. Despojo interior: vivir con sobriedad, desprendimiento y sencillez, sin apoyarse demasiado en cosas o seguridades externas. Corazón vigilante: la atención a Dios en lo pequeño, el ejercicio de la vigilancia espiritual, como el ermitaño que está en guardia contra las distracciones y tentaciones. Intercesión por sus bienhechores que le ayudan y protegen: aunque busca soledad, el eremita no se aísla del todo, sino que se convierte en intercesor por la Iglesia y el prójimo. Tener espiritualidad eremítica es vivir, en medio de las circunstancias de la vida (familia, trabajo, comunidad), con el corazón centrado en Dios, buscando espacios de soledad, silencio y oración. No se trata de “escapar del mundo”, sino de crear en el propio interior una ermita donde habite el Señor. No todos pueden ser ermitaños, pero todos pueden vivir algo de la espiritualidad eremítica: un corazón silencioso, pobre y orante que hace lugar a Dios. San Hilarión puede ser un atractivo modelo: Su abandono de todo para buscar a Dios en la soledad nos muestra la importancia del silencio, la oración y el alejamiento de lo mundano. Su vida sencilla de ascetismo, consagración y servicio —aunque más “interno” que activo— puede resonar con tu vocación de ermitaño. Aplicación para la vida laical eremítica en el mundo
1. Orar con fidelidad, no con ansiedad. A veces no vemos resultados inmediatos, pero la oración constante va transformando el corazón antes que las circunstancias.
2. Volver una y otra vez al Señor. Como la viuda, presentar cada día lo mismo: la herida, la súplica, la esperanza. No es repetición vacía: es amor que no se rinde.
3. Evitar el cansancio espiritual. Jesús termina diciendo: “¿Cuando venga el Hijo del Hombre, encontrará fe sobre
la tierra?” Perseverar en la oración es mantener encendida la fe en medio del desierto.



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