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jueves, 26 de septiembre de 2013

FORMACIÓN PARA LA ACCIÓN: LA EXISTENCIA DE DIOS

Por: Eudaldo Forment
Sto. Tomás de Aquino
La creación del mundo en el tiempo no es racionalmente demostrable por razones apodícticas, pero si lo es la contingencia de los entes del mundo. De la contingencia, Santo Tomás da la siguiente definición: «Contingente es lo que puede ser y no ser» (STh I, 86, 4, in c). Lo necesario, en cambio, no puede no ser.
Esta definición de la contigencia, como posibilidad de no ser o de no existir y a la vez la de ser, deriva de la definición clásica de la contingencia ontológica de Aristóteles de lo no necesario ni imposible (Primeros analíticos, I, 32, 47b). Con la exclusión de lo necesario y lo imposible, se afirma que lo contingente se contrapone a lo necesario. Es contingente lo que existe, pero que igualmente podría no existir, lo que por su naturaleza, per se, no es determinado a existir, como, por el contrario, lo es el ser necesario. En los entes, el no existir ha precedido a su existencia y a ella seguirá la no existencia. Lo contingente tiene una duración limitada.
También explica Santo Tomás:
«Lo contingente puede ser considerado de dos maneras. Una en cuanto contingente. Otra, en cuanto que en lo contingente hay cierta necesidad, ya que no hay ente tan contingente que en sí mismo no tenga algo de necesario. Ejemplo: el hecho de que Sócrates corra, en sí mismo es contingente. Pero la relación de la carrera con el movimiento es necesaria, ya que si Sócrates corre, es necesario que se mueva» (STh I, 86, 3 in c.).
Después de una reunión de formación
Siempre hay algo necesario en las cosas, pero se trata de una necesidad por otro, per aliud, por el nexo de las causas. De manera que todos los entes, actualmente existentes, deben su necesidad a algún otro ente.
No se encuentra el ente contingente absoluto. Tampoco una necesidad absoluta, sino entes necesarios relativamente. En esta necesidad relativa se puede distinguir un doble sentido de la necesidad, lo necesario para, o para que sea el ente posible, y lo necesario por, que sea necesario por otro.
Las cuatro causas del ente -material, formal, eficiente y final- son necesarias relativas en estos dos sentidos. Son necesarias para los efectos, porque sin ellas el ente posible no se singulariza (causa material) dentro de una especie (causa formal), como existente (causa eficiente) ni se ordenaría (causa final); y, a su vez, son necesarias por otro.

4 comentarios:

  1. Muy bueno este tratado, Sto. Tomás es un maestro con todas las letras.
    Facundo

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  2. Felicidades por tan necesario post; sería recomendable ir publicando temas de este calibre periódicamente.

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  3. Medio árido el asunto pero muy importante ya que muchas veces no sabemos como explicar ciertas cosas a gente que nos cuestiona.
    Mariela Gomez

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  4. SOBRE LA RESTAURACIÓN DE LA FILOSOFÍA CRISTIANA
    Carta encíclica
    del Papa León XIII
    promulgada el 4de agosto de 1879


    IMPORTANCIA DE LA FILOSOFÍA
    SANTO TOMÁS DE AQUINO
    RESTAURACIÓN DE LA FILOSOFÍA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
    El hijo unigénito del Eterno Padre, que apareció en la tierra para salvar el linaje humano e iluminarlo con la divina sabiduría, hizo muy grande y admirable beneficio al mundo cuando, estando para ascender de nuevo al cielo, mandó a los apóstoles que fuesen a enseñar a todas las gentes[1], y dejó a la Iglesia, que él había fundado, por común y suprema maestra de los pueblos. Pues los hombres, a quienes la Verdad había libertado, debían ser conservados por la verdad; ni hubieran durado por largo tiempo los frutos de las celestiales doctrinas por los que se logró la salvación para el hombre, si Cristo Nuestro Señor no hubiese constituido un magisterio perenne para instruir los entendimientos en la fe; pero la Iglesia, ora por estar animada con las promesas de su divino Fundador, ora por imitar su caridad, de tal suerte cumplió su mandato que tuvo siempre por mira, y fue su principal deseo, el enseñar la religión y luchar perpetuamente con los errores. Tal es la finalidad de los diligentes trabajos de cada uno de los Obispos, de las leyes y decretos promulgados en los Concilios, y, sobre todo, de la cotidiana solicitud de los Romanos Pontífices, a quienes, como a sucesores del bienaventurado Pedro -Príncipe de los Apóstoles- en el primado, pertenecen el derecho y deber de enseñar y confirmar a sus hermanos en la fe. -Pero como, según el aviso del Apóstol, por la filosofía y la vana falacia[2] suelen ser engañadas las mentes de los fieles cristianos y es corrompida la sinceridad de la fe en los hombres, los supremos pastores de la Iglesia siempre juzgaron ser también propio de su misión promover con todas sus fuerzas las ciencias que merecen tal nombre, y a la vez proveer con singular vigilancia para que las ciencias humanas se enseñasen en todas partes según la regla de la fe católica; y en especial la filosofía, de la cual sin duda depende en gran parte el buen método de las demás. Ya Nos, Venerables Hermanos, os advertimos brevemente esto mismo, entre otras cosas, cuando por primera vez Nos dirigimos a vosotros por Nuestra primera Encíclica; pero ahora, por la gravedad del asunto y la condición de los tiempos, Nos vemos compelidos por segunda vez a tratar con vosotros de establecer para los estudios filosóficos un método que no sólo corresponda perfectamente al bien de la fe, sino que sea el exigido por la misma dignidad de las ciencias humanas.

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