¿Que es una sede vacante?.
Es cuando la sede episcopal, incluida la de Roma, jurídicamente queda vacante o sin ocupante legítimo o canónico.
Entonces, la sede (silla) está vacante cada vez o en cada ocasión que muere su legítimo ocupante o es trasladado a otra sede, o es depuesto o renuncia a la misma. Es un hecho común y cotidiano en la Iglesia Católica y no tiene nada de extraordinario. Hay miles de casos para enumerar.
Aunque la historia de la Iglesia haya registrado 260 sedes papales vacantes en 20 siglos y miles de sedes episcopales vacantes; no por ello se llamaría a los cardenales electores “sedevacantistas”, ni tampoco se calificaría así a los papas que cubren las sedes episcopales con nuevos obispos titulares. Se les llamaría simplemente católicos.
Como entendemos, si a alguien se le llama «papista», es porque está en favor del Papa; así que al que se le llama “sedevacantista” sería al que desea que la sede continúe vacante, o que no haya Papa; y la mejor manera para apuntalar dicho «sedevacantismo» es ocupar la sede con un usurpador o antipapa.
Nos parece entonces que el mote “sedevacantista” de poder aplicarse, sería para las personas que desean que la sede vacante se prolongue lo más posible mediante un o varios antipapas…
Quienes desean a un Papa legítimo en la Silla de Pedro serían lo contrario: “antisedevacantes”, nosotros los llamaríamos católicos, a secas…
Respecto al «ismo» de «sedevacantismo», los católicos lo debemos rechazar por tres simples razones:
1. Durante 20 siglos, cada muerte de un Papa o de un obispo verificaba el hecho de la sede vacante. En total 260 papas y algunos miles de obispos dejaron la sede vacante al fallecer, y en muy pocas ocasiones algunas sedes fueron usurpadas. Los católicos durante dos milenios ¿eran llamados «sedevacantistas» o «sedeusurpadistas» por reconocer ese hecho… o simplemente católicos?.
2. El problema de adoptar etiquetas y poses absurdas es lo que nos hace parecer una secta en lugar de católicos. No deseamos que haya «sede vacante». Los socialistas quieren el socialismo, los modernistas quieren el «modernismo», los «sedevacantistas» quieren el «sedevacantismo». Así lo «entienden» la mayoría y los «sedevacantistas» los confunden.
3. Las investigaciones del Pbro. Dr. Joaquín Sáenz y Arriaga S.J. precisamente fueron la primera luz que nos ayudaron a entender una parte crucial del problema; que Pablo VI era un hereje y que no era un legítimo Papa. El problema con su premisa es que afirma que la causa eficiente de la vacancia de la sede fueron LAS HEREJÍAS que Pablo VI firmó y proclamó en el conciliábulo concluido en 1965. Supone que estas herejías lo despojaron de su papado cuando ya había sido electo pontífice. Pero esta premisa entra en conflicto el dogma de la infalibilidad papal, que define que un papa no puede incurrir ex cathedra en herejía contra la Fe o la Moral. Por eso muchos sabios católicos se confundieron, rechazaron la premisa del P. Sáenz y siguieron disciplinados a la Roma Modernista, tratando de entender y adecuar la nueva doctrina a la fe de siempre.
Sin embargo, y a pesar de su erudición y valentía, el R.P. Sáenz y Arriaga no citó, tal vez por desconocimiento, el magisterio papal fulminante y contundente que no deja lugar a dudas sobre la realidad: LA BULA CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO, del papa Pablo IV y el motu proprio de San Pío V «Intermultiplices» que confirma la anterior y en los cuales se aborda el problema gravísimo de la sede papal usurpada por un hereje o apóstata o cismático.
No lo podemos asegurar, pero si en aquel tiempo se hubiese difundido el magisterio papal fulminante e infalible sobre la sede usurpada por un hereje previo, cuya elección es nula e inválida, tal vez muchos sabios hubiesen contado con la luz necesaria para reconocer en el concilio a Juan XXIII y Pablo VI como antipapas, con tan solo investigar sus antecedentes doctrinales. Esa gracia que sí se obtuvo contra Anacleto II en 1131, o con Rampolla en 1903, nos fue negada en 1958 y en 1963.
Sobre el término «tradicionalista», también es un error adoptarlo por «distinción» o por convicción.
Si es por distinción, solamente nos distingue o diferencia de nombre de lo que realmente somos: católicos.
La Sagrada Revelación se divide en dos partes esenciales: Sagradas Escrituras y Sagrada Traición Apostólica. La una sin la otra llevan al extravío doctrinal. Los protestantes son «escrituristas», los cismáticos «ortodoxos» son «tradicionalistas». Después del gran cisma de oriente, el «tradicionalismo» tiene entre sus antiguos exponentes a los cismáticos que adoptaron el mote de «vetero católicos», una secta que se separó de la Iglesia Católica a raíz del Concilio Vaticano Primero (1870) por rechazar los dogmas de la infalibilidad pontificia y el primado de jurisdicción. Su argumento -falso y herético- era que estos dogmas no formaban parte de la enseñanza tradicional y que ellos preferían la iglesia «a la antigua», y se llamaron a sí mismos «viejos católicos».
Los veteros tuvieron muchos seguidores en Europa, incluidos ciertos círculos de Francia, Holanda y Alemania. Uno de esos afines fue el cardenal Louis Billot, maestro de Marcel Lefebvre y promotor de la condenada Alianza Francesa quien prefirió renunciar al colegio cardenalicio que dejar de apoyar a un hereje notorio como Maurras.
En la práctica, uno de los errores que más ha beneficiado a la Nueva Iglesia Conciliar, es que los verdaderos católicos adopten denominaciones o apodos que ante los demás los hagan parecer como secta.
¿Por qué no decirnos simplemente católicos, si eso es lo que somos?